‘Mi historia hará que creas en Dios’, le dice Ang Lee al espectador muy al principio en película. ‘A ver si tienes huevos’, pienso yo, que como el padre de Pi, atiendo bastante más a razones que a fábulas. Y no está mal tener creencias religiosas. De hecho me parece hasta chachi, por lo de que algunos encuentran alivio y esperanza y esas mierdas de autoayuda. No me va lo metafísico, ¿me entiende? Pero lo de el chaval indio que protagoniza este cuento va más allá de la fe: es cristiano, musulmán e hindú. ¿Cómo puede tener semejantes inquietudes un guacho de tan corta edad? Pues porque de pequeño leyó un cómic en el que aparecía Krishna –¿era Krishna? ¿Acaso importa?– mostrando el Universo entero dentro de su boca. Y yo estoy convencido de que esa imagen le jodió la cabeza para siempre. Y bueno, también influye el hecho de que Pi sea inteligente, bondadoso, imaginativo y tenga un padre que intenta continuamente devolverle a tierra firme, consiguiendo así que Pi vuele aún más alto.
Debido a circunstancias que no se llegan a esclarecer, ni falta que hace, Pi termina naufragando en pleno Pacífico con una zebra, un orangután, una hiena y Richard Parker –que es un tigre. Esta gente tiene nombres übercool, como Zumo de Naranja–, y es aquí cuando durante un corto periodo de tiempo la película toma el cariz de ese tipo de producciones que encierran a un grupo de personas en un espacio reducido y hale, a ver qué pasa. Esto, afortunadamente, dura poco. Cuando en el bote solo quedan Richard y Pi, y digo bote por decir algo, empieza lo bueno. No he podido dejar de acordarme de ‘How to Train your Dragon’, de Dreamworks, y esto es algo bueno. El desarrollo de la convivencia entre los dos polos opuestos ocupa buena parte de la historia, pero a diferencia de la película animada, ésta se muestra a un nivel mucho más visceral al principio –Pi tiene que luchar por su vida, directamente– y el toma y daca posterior ahonda en cuestiones muy profundas del estilo de ‘oh, Señor, por qué me has abandonado’ y ‘gracias Vishnu por encarnar este pez que me va a salvar la vida, te olvidas de que soy vegetariano pero bueno, no pasa nada’.
Lo que no va a poder negar nadie es lo acojonante del espectáculo visual que ofrece Claudio Miranda, que yo ni le conozco ni nada pero en Filmaffinity dice que ha dirigido la fotografía. En serio, lo peta a niveles baumgartnianos. Algún gilí habrá que se queje de que abusa un poco del After Effects, pero mira, si no critico a Tarsem Singh a Claudio menos. Los planos ‘espejo’ con el bote a la deriva y todo el segmento de la isla son como para mandarlo todo a tomar por culo e irte a Madagascar y vivir de agua mineral y rayos de sol. Todavía tengo las pupilas dilatadas.
‘Life of Pi’ no busca convencer de la necesidad de creer en Dios. Si su intención fuera esa, en primer lugar no se habría construido la infancia de Pi como el equivalente masculino de Amélie, y en segundo lugar… Bueno, no hay segundo lugar. Pi sufre. Diré más: Pi las pasa muy putas. Pero depende de cada uno decidir si realmente ha sido su fe lo que le ha salvado de volverse majareta, o su propia inteligencia y buen hacer. Los caminos del Señor son inescrutables, pero los mapas del iOS6 también, eh. Aquí el ateísmo no encaja. Te tienes que mojar, igual que Pi, y reflexionar sobre qué historia estás dispuesto a aceptar. Lo que te han contado es increíble, en todos los sentidos. A veces incluso abiertamente absurdo y surrealista, pero siempre maravilloso. Lo que puede que pasara en realidad es un vacío de desolación y amargura del que uno no se recupera. No vuelves a levantar cabeza en tu vida. Sabiendo esto, ¿qué preferirías creer?


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