Hola, Marina. Estoy bien.
Escribo esto porque esta mañana, al despertar, he corrido las cortinas y he visto algo que me recordó nuestra vida juntos. ¿Recuerdas el melocotonero que plantamos en el jardín trasero, hace ya tanto? Desde entonces me he mudado dos o tres veces, pero siempre me he llevado el árbol conmigo. Cuando vine aquí mandé que lo replantaran delante de la ventana de mi habitación. A horas tempranas, el tejado de la casa deja la mitad de la copa en sombras, pero el sol se encarga de incendiar la otra mitad y el tronco, que brilla caoba como tu pelo un buen día de verano.
Hace años que no pensaba en ti, pero hoy te he imaginado fuera dando brincos alrededor del frutal, con tu rebeca blanca flotando tras de ti, riendo, como solías hacer. Las hojas caídas intentando escapar de la gravedad a tu paso, haciendo florituras en el aire. Los melocotones pálidos, hinchados de envidia ante la presencia de tus pechos. Valiente loca del coño estabas hecha. ¿Te acuerdas cuando te enfadaste y saliste a la calle gritando que te quería matar? Los vecinos flipando. Nunca hablábamos, joder. Aunque reconozco que la mayor culpa la tengo yo, en ese sentido. Siempre me ha costado expresar lo que siento, bien lo sabes. Por no expresar ni siquiera lo expreso con la cara, que manda narices también. Siempre pensé que lo poco que decía era suficiente y quizá me equivoqué. Te pido perdón por eso.
Tú eras la expresiva de la relación. Cuando más consciente era de mi amor por ti era cuando me veía reflejado en tus ojos. Cuando me gritabas rabiosa porque no dejaba la leche de vuelta en la nevera. Cuando viendo las noticias me tiraba un cuesco y reías a carcajadas. Cuando salía de la ducha y me cogías el rabo, clavándole la mirada con ansia. Cuando me confesaste que te habías tirado a un carpintero politoxicómano.
Cómo te quise. Hija de puta.
Ahora vivo tranquilo. Sí. La palabra es tranquilo, no aburrido. Mucho menos de lo que puedo decir de la vida que viví contigo. Contigo sobraban las palabras porque nuestro entorno hablaba por nosotros. Las calles se movían bajo nuestros pies y la luz bañaba todo aquello que nuestros ojos enfocaban. Hasta los putos pasillos del Mercadona rebosaban carisma cuando comprábamos juntos. Cada nueva esquina nos recibía con belleza renovada y de los anuncios por megafonía brotaban susurros de gloria con la voz de Dios. Dime tú quién cojones aguanta eso de por vida. ¿Es o no? Sé que me darías la razón si digo que lo nuestro fue lo más intenso que pueden vivir dos personas que se quieren y por eso mismo estaba destinado a terminar más pronto que tarde. Yo lo acepté hace tiempo, cuando dejé de echarte de menos. Espero que tú también lo hayas hecho, pero conociéndote, quién sabe. Lo mismo andas por ahí perdida en las campiñas francesas flipando con la luz de un faro.
Cierro las cortinas mientras vuelvo a olvidarte de nuevo. Me rasco una nalga y me pongo el traje de ir a misa, hoy toca aguantar sermón.
Adiós, Marina.
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