‘Beasts of the Southern Wild’, se lo llevó la tormenta y el tiempo

Si me apuntaran al escroto con un puntero láser y me amenazaran con soltar un gato con muy mala hostia y peor pedicura si no defino Beasts of the Southern Wild con un solo adjetivo, positivo o negativo, estoy casi seguro de que perdería los huevos. El gato arañando la suave, lampiña y morena piel que cubre mis testículos, abriendo mis carnes, y yo no sabría qué decir. Me gusta fantasear con la escena sustituyéndome por Benh Zeitlin, yo mismo personificando al gato y la linda Quvenzhané Wallis sosteniendo el puntero con gesto triste, anhelante, deseando oír de boca de su director ese adjetivo que dé sentido a la ristra de paulocoelhismos que dice su personaje.

BotSW está concebida como hallazgo más que como película. Ya lo dice Hushpuppy: ‘cuando esté muerta, los científicos del futuro lo descubrirán todo. Sabrán que una vez existió Hushpuppy y que vivió con su papá en La Bañera.’, o algo parecido. Los científicos somos nosotros. Y La Bañera es esta especie de complejo chabolista establecido en medio de un humedal selvático donde vive una tribu con un estilo de vida muy gitano y muy al margen de la sociedad occidental industrializada. Unos tienen sus polígonos industriales, sus máquinas y sus chimeneas humeantes. Los otros sus techos de chapa y uralita, sus gallinas y sus buenos filetes de caimán rebozado. Te podrán parecer formas de vida más o menos cómodas, pero aquí la segunda es la buena, la auténtica. Sin embargo, lo más auténtico es Hushpuppy. En parte porque es una cría que se dedica a coger cualquier cosa que se mueve con el viento y ponérselo en la oreja para escuchar su latido –incluída hojarasca variada y marisco– y a decir cosas muy sentidas y profundas, muy locas, voz en off mediante, acerca de su lugar en el Universo. En serio lo digo, si tienes el día incluso te emocionas.

Hay muchas cosas que me gustan de esta película, pero la mayoría son detalles que al final, sumados, no acaban de trascender. Cosas como que la profesora enseñe prehistoria a los nenes ilustrando la lección con los tatuajes que tiene en su muslazo pampero; la inquietante ausencia de la figura materna –que no femenina– en La Bañera; que Hushpuppy tenga alrededor de diez años y viva sola en su propia chabola y solo acuda junto a su padre a la hora de comer, visten el relato con una especie de magia que la historia en su conjunto no termina de acompañar.

Por qué no acompaña. Pues a ver. Veo dos elementos muy interesantes en la historia que deberían darse la mano y lo que hacen es darse de hostias: la parte metafísica y la parte fantástica. Terrence Malick y jabalines a topet de carnitina. Lo primero termina cansando y lo segundo deja con ganas, porque en ningún momento una parte se apoya en la otra.

Zeitlin, joya en bruto, ojalá te hubieras lanzado del todo y hubieras colocado a la niña en el ojo de la tormenta. Diez años, futura reina de La Bañera, líder de la revolusión y qué coño, de la resistencia también; pegamento de un Universo en constante peligro de ruptura. Jinete de jabalí gigante.

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